La letra muerta
Cuando hablamos sobre qué son las ciencias del comportamiento y su aplicación a las políticas públicas, solemos mencionar el hecho que muchas leyes fallan porque no toman en cuenta el comportamiento real de las personas. La idea base es que las leyes y reglas se generan, en principio, para mejorar la vida de las personas que comparten un territorio en común, pero dependen críticamente de que sean puestas en práctica. Si las leyes no generan un cambio en el comportamiento de las personas, no sirven para nada.
Las ciencias del comportamiento aplicadas en el ámbito público permiten mejorar la efectividad de medidas tales como leyes, políticas, protocolos y programas. Esto se logra, a grandes rasgos, determinando o identificando:
- el comportamiento objetivo que se busca implementar: por ejemplo, más allá de promulgar el derecho universal al acceso a educación temprana, lograr que los cuidadores matriculen y lleven a sus hijos al jardín; más allá de promulgar en el código del trabajo que se deben incorporar principios de crianza positiva para la conciliación familia-trabajo, lograr que madres y padres asistan a un programa de apoyo a la crianza;
- las barreras que las personas encuentran al tratar de realizar ese comportamiento: por ejemplo, procrastinación, falta de información, estigmas en torno a buscar apoyo, o creencias negativas en relación a la educación temprana; y
- las soluciones que permitan disminuir esas barreras de manera integral y costo-efectiva, apalancando la forma en que las personas tomamos decisiones.
En este sentido, las ciencias del comportamiento permiten disminuir lo que se conoce como la brecha intención – acción.
Del dicho al hecho hay mucho trecho
Se conoce como la brecha intención-acción a la distancia que existe entre lo que queremos hacer (la intención, determinada entre otras cosas por el conocimiento, las habilidades, la identidad propia, los roles, las creencias, las emociones, los refuerzos e incentivos) y lo que finalmente hacemos (el comportamiento observado). Esta distancia no es trivial: todos los días realizamos acciones que se contraponen a lo que originalmente habíamos decidido hacer.
En las ciencias del comportamiento existen diferentes enfoques para cerrar esta brecha. Uno de ellos es el nudge, pequeños refuerzos, que sin cambiar la capacidad de toma de decisión de las personas, generan cambios significativos (por ejemplo, lograr que los clientes de un restaurant beban menos alcohol achicando el tamaño por defecto de las copas). Otros enfoques incorporan momentos de fricción en los procesos de toma de decisión de las personas, para incentivar el pensamiento racional e interrumpir el piloto automático en el que generalmente estamos al tomar decisiones del día a día.
Independiente del enfoque, lo que se busca en última instancia es ayudar a producir cambios en el comportamiento a nivel comunitario, que permiten alcanzar resultados socialmente deseables.
El cambio de comportamiento es el ingrediente básico en la implementación efectiva de políticas públicas
Aquí es donde las ciencias de la implementación entran en juego. En cierta medida, las ciencias de la implementación expanden las metodologías de cambio de comportamiento para responder a la pregunta de cómo lograr cambios socialmente deseables y sostenerlos en el tiempo.
De acuerdo a la National Implementation Research Network, la fórmula para alcanzar estos resultados exitosamente depende de tres elementos:
- Innovaciones efectivas: intervenciones y programas basados en evidencia, es decir, que han sido probadas bajo metodologías rigurosas de investigación.
- Estrategias efectivas de implementación: estrategias que buscan el cambio de comportamiento de las personas, para que implementen alineadamente las innovaciones efectivas.
- Contexto habilitante: el entorno en el cual se efectuará la implementación, que debe facilitar la toma de decisiones y la estructura para que las innovaciones efectivas se lleven a cabo.